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OPINION
Con
Rubén Darío Buitrón

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“La mejor
manera de entender a una
sociedad es leyendo la crónica
roja”.
Es una
frase del escritor uruguayo
Eduardo Galeano, quien en El
libro de los abrazos, texto
de bellas cotidianidades, habla
así de Los Nadies: “Los hijos de
nadie, los dueños de nada, los
ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la
vida, jodidos, rejodidos. Los
nadies, que no son, aunque sean.
Que no tienen nombre, sino
número. Que cuestan menos que la
bala que los mata. Que no
figuran en la historia
universal, sino en la crónica
roja…”.
Bien
escrita, bien contada, usando
técnicas literarias, la crónica
roja es el género clave del buen
periodismo.
Rubem
Fonseca, notable narrador
brasileño contemporáneo cuyas
novelas desnudan los nexos entre
la corrupción política, el sexo
y el crimen, construye historias
y personajes de crónica roja.
La
cleptómana Nora Rubi, por
ejemplo, cuenta así su drama en
el libro Ella y otras
mujeres: “Dicen que es
mejor aprender de la desgracia
de los otros que de la nuestra.
Pero yo lo aprendí todo
partiéndome la cara. Dicen que
es más comenzar un romance que
terminarlo. Pero solo aprendí
que antes de empezar una
aventura debemos saber el modo
de salir de ella después de ser
acribillada por un amante
sicótico. Es un error pensar que
Dios está de nuestro lado. No lo
está. Vi una película en la que
el Diario dice que Dios es un
dueño negligente, deja que se
caiga a pedazos la casa donde
vivimos. Yo creo que si en
realidad existe, está pensando
en otras cosas y no en
nosotros”.
Otro
personaje, el emblemático doctor
Mandrake, abogado alcohólico,
fumador de puros y experto en
investigar crímenes sórdidos,
afirma que “el personaje más
importante en la investigación
de un crimen es la víctima.
Tiene siempre una historia que
que contar”.
Y añade:
“En el mundo de los
pensamientos, las sospechas son
como murciélagos, vuelan siempre
en el crepúsculo y deben ser
reprimidas o, al menos, bien
vigiladas: impulsan a la
tiranía, los celos, la
indecisión y la melancolía. En
tanto menos sabemos, más
sospechamos”.
Mientras
los maestros de la literatura
elevan el relato policial a los
más altos niveles estéticos y lo
convierten en implacable
testimonio de denuncia social,
el gobierno ecuatoriano dicta
una medida que prohíbe a la
Policía entregar a periodistas
grabaciones de imágenes o
fotografías tomadas en morgues u
hospitales de personas
fallecidas o heridas en crímenes
o accidentes.
Según las
autoridades, la crónica roja es
“apología del delito” porque
contribuye a crear “un falso
clima de violencia, atenta
contra la dignidad humana y crea
una falsa percepción de
inseguridad”.
Es un
novedoso acto de magia: si la
prensa desaparece la violencia,
en la realidad desaparecerá la
violencia. Si la prensa no
informa sobre inseguridad, no
habrá inseguridad.
Tan
ingenuo como pensar que se puede
tapar el sol con un decreto. O
tan maquiavélico como callar la
realidad para que la sociedad
crea que las cosas están
cambiando.
Sus ojos
asumen una mirada infantil.
Detrás de sus gruesos lentes nos
escucha con asombro y
escepticismo hablar de la
constitución y el referendo.
Es
popular. Muchachas, señoras,
hombres maduros se acercan a la
mesa donde comemos y le piden
que acceda a fotografiarse con
ellas. Él sonríe y se ruboriza.
En la calle lo saludan, le
sugieren temas para sus
programas de TV.
Cada día
recibe decenas de correos
electrónicos. Mayoría femenina:
enamoradas, decepcionadas,
amantes, suicidas, rebeldes,
divorciadas, solitarias,
poetas.
Nacido en
el centro de Europa, culto,
inteligente, agudo, parece
conocerlo todo: la relación de
pareja, de padre, de abuelo. La
amistad, el arte, el periodismo,
la música, la escritura, la paz
de saber con exactitud la
dimensión espiritual de quien
fue, con toda certeza, la mujer
de su vida.
Ha
entrevistado a cientos de
personajes. Ha visitado decenas
de países. Tiene amigos
inmensos, gigantes, profundos.
Habla cuatro idiomas. Además
domina el latín, conoce el
griego. Ama el país, este país,
que hace cinco décadas le abrió
los brazos y le dijo quédate. Y
él se quedó.
Se quedó
en el país que lo ha marcado,
que le ha dado mucho, pero que
aún, a pesar de tanto tiempo de
vivirlo, disfrutarlo, gozarlo y
sufrirlo, no alcanza a
entenderlo en un tema donde toda
su sabiduría tambalea: la
política ecuatoriana.
No
comprende ciertas actitudes de
los gobernantes, los líderes de
opinión, los partidos, los
medios, los periodistas (el
populismo y la demagogia, su
incapacidad de proponer un
consenso para la construcción de
una democracia madura, las
opiniones y los puntos de vista
carentes de elasticidad, de luz,
de respeto al otro, la falta de
disposición para deliberar con
argumentos).
Por eso su
mirada infantil y curiosa, su
ansiedad por comprender las
razones profundas de la
beligerancia verbal de los
líderes, su escepticismo cuando
exige que le aclaremos qué
pasará después del 28 de
septiembre.
Ha leído
las dos constituciones: Las
compara. En la nueva ve avances
en lo social, incertidumbres en
lo económico, confusiones en lo
político.
Percibe
que en el nuevo proyecto hay
buenas intenciones pero duda de
la capacidad del equipo de
Gobierno para ejecutarlas y teme
que la oposición, aunque mínima,
asuma actitudes agresivas y
violentas.
Pero, del
otro lado, tiene miedo que un
voto masivo por el Sí fortalezca
un poder inconmensurable, poco
autocrítico, con tintes de
excesos en el uso de la fuerza.
Mientras
él plantea su teoría, del otro
lado armamos escenarios e
hipótesis, tratamos de
equilibrar la balanza, hacemos
análisis supuestamente serenos y
profundos.
Pero él,
que tiene 74 años y un corazón
sencillo, solidario y generoso,
con su acento afrancesado dice
que el asunto es más simple:
“Necesitamos que los mandatarios
y los ciudadanos vivan y
testimonien y exijan una nueva
ética, una democracia con
ternura social. ¿Es tan difícil
entender que esa ternura importa
más que la constitución vieja o
nueva?”.
“Los
ecuatorianos estamos gastando el
tiempo en discutir lo que nos da
miedo”, dice la abogada Patricia
Rodríguez, catedrática de
Derecho en el Instituto
Tecnológico Argos, en Guayaquil.
Para echar abajo esos miedos,
ocho estudiantes se dividen en
dos grupos de cuatro y debaten
intensamente el proyecto de
nueva constitución.
Lo hacen titubeando, un poco
nerviosos, con algún temor
escénico, pero eso no importa:
lo esencial, lo que vale, es que
los escucha un activo auditorio
de más de 100 personas, entre
alumnos, profesores y directivos
del Instituto.
El público aplaude, se
entusiasma, se emociona. Los dos
grupos deliberan, interrcambian
opiniones, argumentan sobre la
base de principios legales y
jurídicos, hablan de ética y
moral, analizan y comparan la
constitución vigente, la del 98,
con el proyecto por el que se
votará el domingo 28 de
septiembre.
Los chicos hablan de derechos
humanos, cárceles, soberanía
alimentaria, educación gratuita,
centralismo, presupuestos
estatales, autonomía, vacíos
reglamentarios para aplicar
ciertos artículos, libertad de
expresión, fomento a la
agricultura, generación de
puestos de trabajo, problemas
con el fin de la tercerización,
aborto, homosexualismo, familia,
meritocracia.
Los estudiantes muestran que
cuando existe una actitud
responsable con su futuro y el
futuro del país no es difícil
construir ciudadanía, ser
cívicos y recuperar el sentido
del manido concepto patriótico:
en dos semanas leyeron las dos
constituciones, tomaron notas,
prestaron atención a capítulos,
secciones y artículos que nunca
antes habían conocido, los
estudiaron, reflexionaron,
tomaron una posición, la
defendieron ardorosamente pero
con tolerancia a la opinión
ajena.
El foro fue respetuoso y
edificante. No sacó conclusiones
ni impuso criterios: defensores
y detractores lucharon con ideas
y conceptos, refutaron y
marcaron contrapuntos, pero
dejaron en la conciencia del
público la decisión de votar.
No hubo insultos, ofensas o
descalificaciones. Nadie fue
calificado de ateo, abortista o
estatista. Nadie amenazó que si
se no vota Sí volverán las
oscuras golondrinas, el caos, la
banca corrupta o la
partidocracia.
El sencillo pero fecundo espacio
que se vivió esa noche debiera
multiplicarse en barrios,
clubes, colegios, universidades,
oficinas, familias, vecinos.
Más allá de lo que digan los
apocalípticos o los utópicos, se
trata de elegir nuestro futuro:
por eso hay que informarse, leer
las dos constituciones,
compararlas, reflexionarlas
colectivamente y decidir con
responsabilidad.
A una sociedad informada,
crítica y deliberante no pueden
atemorizarla con la estrategia
del miedo.
El 22 de
enero de este año fue encontrado
el cadáver solitario de Heath
Ledger en su apartamento de
Nueva York.
Pocas semanas antes había
terminado la filmación de Batman,
El caballero de la noche, donde
él interpretó al famoso villano
El Guasón.
Ledger tenía solo 28 años al
momento de su muerte.
Tímido, con fuertes tendencias
depresivas, la separación de su
esposa, la también actriz
Michelle Williams, con quien
tenía una hija de dos años,
Matilda Rose, le produjo graves
trastornos emocionales.
Intentó suicidarse en septiembre
pero alguien lo salvó. Esta vez
se aseguró de que nadie se
enterara de sus planes. Cuando
hallaron su cadáver, a su lado
se encontraba un frasco de
calmantes vacío.
Curiosa paradoja la de Ledger: a
partir de su magistral
interpretación del guapo cowboy
homosexual, enamorado de su
amigo, en Secreto en la montaña
(Brokback Mountain), rol que lo
llevó a la nominación al Oscar
en 2006, se convirtió en un
símbolo sexual para las mujeres.
De hablar suave y aspecto
intimidado, como un joven de
pueblo, no era conquistador ni
seductor: dicen quienes lo
conocieron que su amor por
Michelle y por su hija era lo
que llenaba su vida sentimental.
Y, en ese plano, no quería más.
Paradójicamente, también, su
carrera iba en ascenso mientras
sus conflictos minaban su
fortaleza espiritual.
Así llegó a lo que sería su
última película, donde realiza
una actuación brillante y se
convierte en el verdadero
protagonista por sobre un Batman
anodino (Christian Bale) y otros
actores cuyo esfuerzo queda
lejos de la notable y
convincente caracterización de
Heath Ledger como El Guasón.
Ledger se apropia de su papel
con plena convicción. Un rol
cuya trascendencia marca el
ritmo de la historia, le da
espesor y consistencia, y centra
la acción a su alrededor.
Sobre la base de un guión
novedoso, poco previsible,
intenso, inteligente, Ledger
hace un papel digno de seguirlo
solo a él, incluso más allá del
desarrollo de la propia
película.
Hay que verlo en cada gesto, en
cada frase que pronuncia, en su
manera de caminar, en su forma
de revolverse el cabello, en su
brillante imaginación y cinismo
para golpear la
“institucionalidad” pacata y
negligente de Ciudad Gótica.
Arrogante, sobrio, amante de la
anarquía, adorador del caos, El
Guasón de El caballero de la
noche llega a superar al siempre
original Jack Nicholson (El
Guasón en el filme Batman de Tim
Burton), maestro de la actuación
y ganador de dos Oscar.
En una iniciativa típica de
Hollywood, alguien ha propuesto
que la Academia entregue el
próximo febrero un Oscar post
mórtem a Ledger.
¿Será para lavarse la conciencia
del premio que le negaron con
Secreto en la montaña porque
para una sociedad conservadora y
mojigata no era “políticamente
correcto” promover el
homosexualismo?
Ledger no necesita ese Oscar
post mórtem. Nosotros, los
cinéfilos comunes, lo premiamos
acogiéndolo en nuestra memoria
para siempre.
La
historia jamás contada de
Canguil sesentaysiete
El correísmo tuvo sus propios
“infiltrados” en la Asamblea
Rubén Darío Buitrón
Es domingo 13 de julio. En
varios puntos del país los
políticos están en pleno
movimiento.
En la Asamblea Constituyente, en
Montecristi, marcan récords
mundiales: aprueban 78 artículos
en un solo día.
En Quito, el presidente Rafael
Correa está feliz. La orden de
entregar los textos finales
hasta el día 25 se cumple a
rajatabla.
Ricardo Patiño, miembro del
“buró político” de Correa,
vigila atentamente cada
decisión, cada pronunciamiento
de los asambleístas en el pleno.
Pero en los debates de las mesas
constitucionales a puerta
cerrada, a Patiño le resulta más
difícil conocer lo que pasa.
Si en alguna mesa es posible
conseguir permiso, asesores y
funcionarios de Carondelet
escuchan, toman apuntes,
sugieren, llaman por teléfono.
Pero si en otra mesa sus
integrantes se niegan a permitir
el acceso, las cosas se
complican: ¿cómo manejar los
temas si los emisarios del
Presidente no pueden incidir en
el debate?
Los ministros están atentos a
todo lo que ocurre en Ciudad
Alfaro y a veces caen en la
desesperación.
Su preocupación principal es que
de las mesas salgan al pleno
artículos y textos que no
cuadren con la idea que el
Presidente tiene respecto de lo
que debe ser una constitución,
que empate perfectamente con lo
que él cree debe ser el modelo
de Estado para el Ecuador del
futuro. Por eso, ese domingo 13
es tenso y expectante.
Secretarios de Estado, asesores,
funcionarios, asambleístas,
todos se mantienen en vilo a la
espera de que el libreto se
ajuste a las decisiones del
“buró” y del bloque PAIS.
En teoría no existía ninguna
razón para que las cosas
salieran mal, pues se contaba
con la seguridad de una votación
mayoritaria imposible de
revertir.
Pero no era tan fácil. Las
intrigas, las dudas, las
sospechas entre unos y otros,
los grupos internos, las largas
discusiones entre acostistas y
correístas, las huellas que dejó
la renuncia obligada de Alberto
Acosta para dar paso a Fernando
Cordero empezaban a mover las
bases de la confianza en el
bloque.
¿Quién era de una línea y quién
de otra? ¿Por qué aparecían en
una mesa textos que no fueron
aprobados en otra mesa, donde no
hubo la mayoría correísta o
acostista para aprobarlos según
la línea de uno u otro grupo?
La presencia del “buró” no era
suficiente. Había que contar con
asambleístas de confianza total
del correísmo.
Y ahí apareció Canguil
sesentaysiete.
La arquitecta María de los
Ángeles Duarte, ministra de
Vivienda, envía un correo
electrónico desde su dirección
personal:
mduarte@gye.satnet.net.
El email llega al destinatario
Canguil sesentaysiete, quien
desde su dirección personal
(aunque tiene una oficial como
asambleísta) recibe el mensaje:
“Estoy revisando los textos
sobre hábitat, sabes tú a qué se
refieren con CIUDADANÍA PLENA?
¿Hay algún texto en el que se
defina ciudadanía? Si hubiese,
¿me lo podrías enviar?”.
Inmediatamente, Canguil
sesentaysiete responde:
“María: Aquí todo el mundo dice
que es una confusión, que han
transcrito mal, etc. Yo no creo
en eso, pero les doy el derecho
a la duda. Igual hay que
encender todas las alertas,
porque justo en eso alguien
redactó de otra forma”.
Canguil sesentaysiete era el
nombre clave de Rolando
Panchana, vicepresidente de la
Mesa 5 (Recursos Naturales y
Biodiversidad), donde su
presidenta, Mónica Chuji,
luchaba por contenidos más
radicales.
Fue una de las mesas donde hubo
mayores enfrentamientos. Aunque
los dos pertenecían al bloque
PAIS, Chuji lideraba un grupo y
Panchana, otro.
Sus diferencias no eran
personales, sino políticas:
Chuji estaba en la línea de
Acosta (ecologistas e
indigenistas) y Panchana en la
de Correa (pragmáticos). Lo que
ocurría entre los dos se
replicaba en todas las mesas y
en el pleno. La confianza se
había extinguido.
En un duro debate sobre el
consentimiento previo, cuentan
que Panchana dejó abierto el
teléfono para que Correa
escuchara. Pocos minutos
después, Ricardo Patiño llamaba
a los asambleístas a “ponerlos
en orden”.
Panchana no admite que actitudes
como esas se califiquen como
desleales. Por el contrario, se
califica como “un correísta a
muerte” y uno de los pocos
asambleístas de PAIS que
siguieron a rajatabla las
decisiones del buró y de Correa.
Quizá por eso era quien
mocionaba los temas que le
interesan al Gobierno. Quizá por
eso se ha convertido en el
“detractor oficial” de Alberto
Acosta.
Confiesa que no es nada personal
contra Acosta, pero lo califica
de “caballo de Troya” de las
posiciones radicales. Se siente
orgulloso porque cumplió la
misión de evitar que el
acostismo se tomara la Asamblea
e hiciera una constitución
extremista.
La verdad es al revés de lo que
muchos creen: “El malo es Acosta
y el bueno, Correa”, dice
mientras cierra su laptop y
guarda la clave de acceso a
Canguil sesentaysiete.
Alberto
Acosta ha empezado a hablar. A
revelar hechos poco claros
ocurridos en el último tramo
donde la locomotora oficialista
arrasó en el pleno de la
Asamblea.
Que hable Alberto Acosta es
bueno para el país porque los
ecuatorianos que votaron por él
observaron con respeto, pero con
incertidumbre y desazón, su
cautela, su silencio y su
extraño sentido de lealtad
ideológica.
Hay que recordar, mientras era
presidente, cuánta serenidad y
nobleza mantuvo frente a
preguntas difíciles que le
hacíamos los periodistas: “No
van a lograr que me pelee con el
presidente Correa”.
Al final fue al revés: cuando el
Presidente sintió que sus planes
electorales podían diluirse no
tuvo ningún rubor en ignorar una
presunta amistad “a toda prueba”
y exigirle, por medio de sus
áulicos, que “diera un paso al
costado”.
Por eso, para muchos fue difícil
entender por qué permaneció como
asambleísta si cuando lo
renunciaron él dijo que lo hacía
porque estaba en contra de los
procedimientos que se venían y
porque no quería ser responsable
de un desastre.
Digamos que se quedó por
convicción, por defender lo que
hasta entonces se había logrado,
por no dar argumentos a los
supuestos o reales enemigos del
cambio.
Pero la Asamblea ya terminó y
ahora su deber ético del es
rendir cuentas a los electores
que votaron masivamente por él.
Acosta fue parte de quienes
fundaron el movimiento que llegó
al poder. Fue ministro de
Energía del gobierno de Correa.
Fue líder del bloque
oficialista. Fue parte del buró.
Es obvio que sabe mucho y que
tendrá mucho que decir.
El ex presidente tiene
responsabilidad con quienes lo
convirtieron en el asambleísta
más votado de la historia y no
con quienes desde su movimiento
(irónicamente llamado “Acuerdo
PAIS”) se alinearon detrás del
omnipoder del círculo oscuro que
terminó ejerciendo los plenos
poderes y desapareció textos
constitucionales que consideraba
inconvenientes para el proyecto
correísta, como han denunciado
el mismo Acosta y otros ex
miembros de la Asamblea.
Hay un Ecuador que,
independientemente de su
ideología, cree en Acosta como
un hombre honesto que luchó
dentro del bloque y del “buró”
para que las decisiones que
tomara la mayoría fuesen
coherentes con quienes
depositaron su voto por PAIS.
Ahora no se trata de debilitar
la opción por el Sí. Se trata de
liderar un movimiento que
trabaje intensamente para
promover un voto consciente,
reflexivo, deliberante.
Junto a muchos que aún creen en
un proyecto de cambio no
personalista ni intolerante,
Acosta tiene el deber de
promover mecanismos que
construyan una opinión pública
madura, de ciudadanos y no de
manadas o fanáticos enceguecidos
por el discurso del caudillo.
“La masa que no reflexiona es
vulnerable, peligrosa y
manipulable -dice la filósofa
española Adela Cortina-, porque
en ella no hay ciudadanos sino
vasallos”. “Cuando solo hay masa
-añade-, fácilmente puede
gobernarla el político más
manipulador”.
¿Dejará Alberto Acosta, desde su
ética, que eso suceda?
¿Cuánta
conexión lograron los
asambleístas de la mayoría
gubernamental con el ciudadano
común?
¿En qué momentos y temas el
ciudadano se sintió representado
en los debates, en la redacción
y en la propuesta final de la
nueva constitución?
¿Hasta qué punto esa conexión o
esa desconexión
asambleísta-ciudadano incidirá
en la votación del referéndum
aprobatorio de la nueva carta
magna el próximo 28 de
septiembre?
¿Ese día realmente los
ecuatorianos acudiremos a las
urnas a votar entre el pasado y
el futuro, entre distintas
maneras de entender cómo
estructurar el Estado o entre
“la larga noche neoliberal” y
“el socialismo del siglo XXI”?
Son algunas de las grandes
incógnitas que empiezan a pesar
sobre las espaldas de millones
de ciudadanos a quienes les
invade la incertidumbre, la duda
y el desconcierto frente a lo
que vendrá.
Infortunadamente para ellos, y
en consecuencia para el futuro
del país, aquellas grandes
incógnitas no se resolverán
siquiera después de que se
conozcan los resultados del
próximo referéndum.
Hace pocos días una empresa
encuestadora revelaba que el 99
por ciento de ecuatorianos en
edad de votar no conoce los
contenidos de los articulados en
torno a los cuales deberá
pronunciarse en el plebiscito.
En otras palabras: a dos meses
de una decisión crucial que
tendrá directa relación con el
futuro de la república, los
electores no conocen qué tipo de
Estado se les propone, qué
cambios fundamentales trae el
nuevo proyecto constitucional en
relación con el que está
(¿estaba?) vigente, por qué
escoger la opción 2008 o
quedarse con la constitución de
1998.
Pase lo que pase en las próximas
semanas con lo que la propaganda
oficial, el discurso
gubernamental, los medios de
comunicación y organizaciones
políticas, cívicas y sociales
alcancen a difundir sobre los
contenidos de la nueva carta
magna, y fuera del efecto que
esa pedagogía tenga en la
población, es obvio que la gran
mayoría de electores acudirá a
las urnas a decir sí o no al
presidente Rafael Correa.
En ese sentido, será clave para
el Gobierno mantener altas las
cifras de popularidad y
credibilidad del primer
mandatario (actualmente en un
promedio de 67 por ciento tras
la incautación de los bienes de
los ex banqueros Isaías).
Gracias a esos niveles de
potencial votación afirmativa y,
además, a la incapacidad de la
oposición de articular un
discurso alternativo solvente y
sólido, el régimen tiene enormes
probabilidades de triunfar y la
nueva constitución entrará en
vigencia.
De a poco se irá conociendo el
contenido de la carta magna
según los temas que vayan
tocando intereses, necesidades,
demandas y cotidianidades de los
ciudadanos.
Y lo más probable es que, recién
a partir de ahí, muchos
ecuatorianos lamenten no haber
tenido oportunidad de conocer
previamente lo que aprobaron ese
domingo 28.
Solo entonces se empezará a
medir el impacto de un voto con
los ojos cerrados. Solo entonces
será posible comprobar cuánta
falta hizo durante el proceso
constituyente la conexión real,
la información, la pedagogía de
los representantes de mayoría
con el pueblo al que debían
representar.
Manejada en forma atropellada y
a control remoto desde
Carondelet, la Asamblea del 2008
quedará en la historia con una
enorme deuda de conexión con la
sociedad. Pero cuando tengamos
certeza de ello ya será muy
tarde.
Alberto
Acosta queda debiendo muchas
verdades: sus silencios pre y
post “renuncia” a la presidencia
de la Asamblea, su mal entendida
“lealtad orgánica”, su
incoherente permanencia en la
curul avalando “los
procedimientos atropellados y
poco democráticos” que él mismo
denunció previamente; su
eufórica alegría al final del
proceso, abrazado con su
reemplazante, Fernando Cordero,
frente a las cámaras de los
medios a los cuales acusó
reiteradamente de “farandulizar
la política”.
Rafael Correa es otro gran
deudor: imbuido de su megapoder,
no resistió la tentación de
dictar cambios, hacer
correcciones, imponer artículos
y estigmatizar a los militantes
que no compartían sus
disposiciones. El Presidente nos
debe la incoherencia de quejarse
de los “infiltrados” cuando él
personalmente armó a la ligera
las listas a base de encuestas y
cálculos electoreros con
caciques locales, ex modelos de
televisión, figuras de la
partidocracia a la que dice
detestar y personajes de la
farándula.
La oposición tampoco sale ilesa
del proceso: no fue capaz de
articular un discurso sobrio y
propositivo que hiciera
contrapeso democrático a las
propuestas de Acuerdo PAIS y no
logró que emergiera algún nuevo
liderazgo. En una orilla más
cerebral, Pablo Lucio Paredes y
León Roldós pudieron salvarse de
la crítica por su capacidad
expositiva, pero también son
deudores porque debieron
abandonar sus actitudes de
francotiradores y motivar la
formación de amplias redes
ciudadanas que aportaran a un
mejor proyecto constitucional.
El Prian y los socialcristianos
no tuvieron ideas: su rol fue
tan pobre que apelaron a viejas
prácticas (los escándalos, los
ataúdes, los disfraces de viudad,
los carteles, los gritos) para
salir en los periódicos y que
los invitaran a la radio y la
televisión. El gutierrismo, en
un alarde de absurdos, presentó
un proyecto de constitución que
ni siquiera sus asambleístas lo
defendieron.
Jaime Nebot, el más potencial
contrapeso de Correa, fue un
desconcierto. De la pasividad
pasó a liderar una
multitudinaria marcha que dio
luz al mandato de Guayaquil,
pero el propio Nebot dejó que la
propuesta se diluyera, no tuvo
la entereza de ir a la Asamblea
a exponer sus tesis y, como
muchos empresarios y dirigentes
indígenas, municipales,
gremiales y sociales, se
enclaustró a la espera de lo que
ocurra.
Medios y periodistas caímos en
el juego de dejarnos imponer la
agenda de Correa. Escribimos
millones de palabras llenas de
supuestos, miedos y prejuicios.
El compromiso social de la
prensa con sus audiencias es
hacer una amplia y urgente
pedagogía sobre la nueva
constitución y abrir espacios
para la deliberación amplia y
pluralista.
Cada actor tiene su deuda y debe
pagarla. No hacerlo es una
invitación a cerrar los ojos,
ignorar la realidad y anticipar
el Sí o el No sin saber a qué
diremos sí o no resulta una
dramática paradoja: la ceguera
política es la madre de una
sociedad inmadura e
irresponsable.
Difícil
olvidar aquella magistral
interpretación del dictador
Adolfo Hitler en La Caída,
estrenada mundialmente hace
cuatro años.
En abril de 1945, Adolfo Hitler,
a punto de ser derrotado, estaba
escondido en Berlín, en un
sótano de concreto a 15 metros
de profundidad.
Las batallas del frente oriental
ya no ocurrían en los bosques de
Rusia o en las fronteras de
Polonia, sino en las calles de
Berlín. El ejército soviético
estaba a poquísimas cuadras de
distancia de los búnkers del
Führer.
Antes del estreno de esta
película, la huella perversa y
trágica de Hitler había sido
recreada en cientos de películas
hollywoodenses con el infaltable
triunfalismo norteamericano.
Pero con La Caída fue la primera
vez, en mucho tiempo, que el
propio cine alemán se atrevió a
darle rostro y voz al siniestro
personaje.
Bruno Ganz, el protagonista, es
un Hitler que en el filme habla
alemán y pasa sus 12 últimos
días acosado por la paranoia y
el Parkinson.
La fuerza del lenguaje y el
patetismo de las horas finales
de un caudillo enredado en sus
mentiras de invulnerabilidad le
dan un realismo brutal a la
película, sobre todo con una
fuerza expresiva que conmueve al
espectador.
La Caída es un hito de la
cinematografía alemana
contemporánea por eso, por
atreverse a contar la historia
desde sus propios referentes y
enfrentar, con firmeza y
dignidad, los fantasmas de su
pasado.
Un año después apareció otra
película con similar capacidad
psicológica y social: La vida de
los otros, filme alemán que
obtuvo en el 2006 el Oscar a la
Mejor cinta extranjera y que ha
recibido 50 premios
internacionales.
En La vida de los otros,
dirigida por Florian Henckel, de
nuevo es posible asistir, desde
la interioridad histórica de sus
víctimas, sus dolores, sus
silencios, sus cómplices y sus
héroes silenciosos y anónimos, a
una soberbia y aleccionadora
trama que muestra la crueldad,
el cinismo, la irracionalidad y
la omnipresencia de una
represión selectiva y
sofisticada que pretendía
incidir sobre los detalles más
trascendentes y rutinarios de la
existencia de cada ciudadano.
El crítico español Javier Ocaña,
del diario El País, dice que “La
vida de los otros es tan
entretenida como profunda.
Después de la excelente película
La Caída (2004), el cine alemán
demuestra que sabe mirar a su
historia reciente con
honestidad, espíritu
contradictorio, verosimilitud y
capacidad de conmoción”.
Como un tríptico no planificado,
pero enormemente significativo
en el contexto de un mundo
intelectual europeo que intenta
incursionar en las raíces de una
persistente y salvaje violencia
belicista, aparece ahora La
lista negra (Black book).
Esta vez no se trata de un
director alemán sino de un
cineasta holandés muy conocido
en la filmografía comercial:
Paul Verhoeven.
Con una carrera marcada por
películas de alta taquilla y tan
diversas como la sensual Bajos
instintos, protagonizada por
Sharon Stone, o la futurista e
irónica Robocob, en La lista
negra Verhoeven explora el tema
de la Segunda Guerra Mundial
desde la perspectiva de la
resistencia, en una Holanda
ocupada por los nazis a pocas
semanas de que los soviéticos
lleguen a Berlín.
El filme cuenta la historia de
una cantante judío-holandesa (Carice
van Houten), quien tras
presenciar la masacre a su
familia se une a la resistencia
y usa su inteligencia y belleza
para infiltrar a los invasores
nazis.
Gracias a una minuciosa
reconstrucción histórica, un
guión impecable y un excepcional
grupo de actores, Verhoeven
logra con La lista negra un
bocado de contundente
excelencia.
Y algo más: en momentos
políticos donde el megapoder
arrasa con todo, La lista negra
invita a reflexionar sobre la
imposición de un pensamiento
único e intolerante que desata
lógicas de guerra mientras
contempla su egolatría en los
espejos.
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