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OPINION
 
 

OPINION

Con Rubén Darío Buitrón

20
Ago

callar la realidad

 “La mejor manera de entender a una sociedad es leyendo la crónica roja”. 

Es una frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien en El libro de los abrazos, texto de bellas cotidianidades, habla así de Los Nadies: “Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Los nadies, que no son, aunque sean. Que no tienen nombre, sino número. Que cuestan menos que la bala que los mata. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja…”.

Bien escrita, bien contada, usando técnicas literarias, la crónica roja es el género clave del buen periodismo.

Rubem Fonseca, notable narrador brasileño contemporáneo cuyas novelas desnudan los nexos entre la corrupción política, el sexo y el crimen, construye historias y personajes de crónica roja.

La cleptómana Nora Rubi, por ejemplo, cuenta así su drama en el libro Ella y otras mujeres: “Dicen que es mejor aprender de la desgracia de los otros que de la nuestra. Pero yo lo aprendí todo partiéndome la cara. Dicen que es más comenzar un romance que terminarlo. Pero solo aprendí que antes de empezar una aventura debemos saber el modo de salir de ella después de ser acribillada por un amante sicótico. Es un error pensar que Dios está de nuestro lado. No lo está. Vi una película en la que el Diario dice que Dios es un dueño negligente, deja que se caiga a pedazos la casa donde vivimos. Yo creo que si en realidad existe, está pensando en otras cosas y no en nosotros”.

Otro personaje, el emblemático doctor Mandrake, abogado alcohólico, fumador de puros y experto en investigar crímenes sórdidos, afirma que “el personaje más importante en la investigación de un crimen es la víctima. Tiene siempre una historia que que contar”.

Y añade: “En el mundo de los pensamientos, las sospechas son como murciélagos, vuelan siempre en el crepúsculo y deben ser reprimidas o, al menos, bien vigiladas: impulsan a la tiranía, los celos, la indecisión y la melancolía. En tanto menos sabemos, más sospechamos”.

Mientras los maestros de la literatura elevan el relato policial a los más altos niveles estéticos y lo convierten en implacable testimonio de denuncia social, el gobierno ecuatoriano dicta una medida que prohíbe a la Policía entregar a periodistas grabaciones de imágenes o fotografías tomadas en morgues u hospitales de personas fallecidas o heridas en crímenes o accidentes.

Según las autoridades, la crónica roja es “apología del delito” porque contribuye a crear “un falso clima de violencia, atenta contra la dignidad humana y crea una falsa percepción de inseguridad”.

Es un novedoso acto de magia: si la prensa desaparece la violencia, en la realidad desaparecerá la violencia. Si la prensa no informa sobre inseguridad, no habrá inseguridad.

Tan ingenuo como pensar que se puede tapar el sol con un decreto. O tan maquiavélico como callar la realidad para que la sociedad crea que las cosas están cambiando.

16
Ago

ternura social

 

Sus ojos asumen una mirada infantil. Detrás de sus gruesos lentes nos escucha con asombro y escepticismo hablar de la constitución y el referendo.

 

Es popular. Muchachas, señoras, hombres maduros se acercan a la mesa donde comemos y le piden que acceda a fotografiarse con ellas. Él sonríe y se ruboriza. En la calle lo saludan, le sugieren temas para sus programas de TV.

 

Cada día recibe decenas de correos electrónicos. Mayoría femenina: enamoradas, decepcionadas, amantes, suicidas, rebeldes, divorciadas, solitarias, poetas. 

 

Nacido en el centro de Europa, culto, inteligente, agudo, parece conocerlo todo: la relación de pareja, de padre, de abuelo. La amistad, el arte, el periodismo, la música, la escritura, la paz de saber con exactitud la dimensión espiritual de quien fue, con toda certeza, la mujer de su vida.

 

Ha entrevistado a cientos de personajes. Ha visitado decenas de países. Tiene amigos inmensos, gigantes, profundos. Habla cuatro idiomas. Además domina el latín, conoce el griego. Ama el país, este país, que hace cinco décadas le abrió los brazos y le dijo quédate. Y él se quedó.

 

Se quedó en el país que lo ha marcado, que le ha dado mucho, pero que aún, a pesar de tanto tiempo de vivirlo, disfrutarlo, gozarlo y sufrirlo, no alcanza a entenderlo en un tema donde toda su sabiduría tambalea: la política ecuatoriana.

 

No comprende ciertas actitudes de los gobernantes, los líderes de opinión, los partidos, los medios, los periodistas (el populismo y la demagogia, su incapacidad de proponer un consenso para la construcción de una democracia madura, las opiniones y los puntos de vista carentes de elasticidad, de luz, de respeto al otro, la falta de disposición para deliberar con argumentos).

 

Por eso su mirada infantil y curiosa, su ansiedad por comprender las razones profundas de la beligerancia verbal de los líderes, su escepticismo cuando exige que le aclaremos qué pasará después del 28 de septiembre.

 

Ha leído las dos constituciones: Las compara. En la nueva ve avances en lo social, incertidumbres en lo económico, confusiones en lo político.

 

Percibe que en el nuevo proyecto hay buenas intenciones pero duda de la capacidad del equipo de Gobierno para ejecutarlas y teme que la oposición, aunque mínima, asuma actitudes agresivas y violentas.

 

Pero, del otro lado, tiene miedo que un voto masivo por el Sí fortalezca un poder inconmensurable, poco autocrítico, con tintes de excesos en el uso de la fuerza.

 

Mientras él plantea su teoría, del otro lado armamos escenarios e hipótesis, tratamos de equilibrar la balanza, hacemos análisis supuestamente serenos y profundos.

 

Pero él, que tiene 74 años y un corazón sencillo, solidario y generoso, con su acento afrancesado dice que el asunto es más simple: “Necesitamos que los mandatarios y los ciudadanos vivan y testimonien y exijan una nueva ética, una democracia con ternura social. ¿Es tan difícil entender que esa ternura importa más que la constitución vieja o nueva?”.

 

 

07
Ago

contra el miedo

“Los ecuatorianos estamos gastando el tiempo en discutir lo que nos da miedo”, dice la abogada Patricia Rodríguez, catedrática de Derecho en el Instituto Tecnológico Argos, en Guayaquil.

Para echar abajo esos miedos, ocho estudiantes se dividen en dos grupos de cuatro y debaten intensamente el proyecto de nueva constitución.

Lo hacen titubeando, un poco nerviosos, con algún temor escénico, pero eso no importa: lo esencial, lo que vale, es que los escucha un activo auditorio de más de 100 personas, entre alumnos, profesores y directivos del Instituto.

El público aplaude, se entusiasma, se emociona. Los dos grupos deliberan, interrcambian opiniones, argumentan sobre la base de principios legales y jurídicos, hablan de ética y moral, analizan y comparan la constitución vigente, la del 98, con el proyecto por el que se votará el domingo 28 de septiembre.

Los chicos hablan de derechos humanos, cárceles, soberanía alimentaria, educación gratuita, centralismo, presupuestos estatales, autonomía, vacíos reglamentarios para aplicar ciertos artículos, libertad de expresión, fomento a la agricultura, generación de puestos de trabajo, problemas con el fin de la tercerización, aborto, homosexualismo, familia, meritocracia.

Los estudiantes muestran que cuando existe una actitud responsable con su futuro y el futuro del país no es difícil construir ciudadanía, ser cívicos y recuperar el sentido del manido concepto patriótico: en dos semanas leyeron las dos constituciones, tomaron notas, prestaron atención a capítulos, secciones y artículos que nunca antes habían conocido, los estudiaron, reflexionaron, tomaron una posición, la defendieron ardorosamente pero con tolerancia a la opinión ajena.

El foro fue respetuoso y edificante. No sacó conclusiones ni impuso criterios: defensores y detractores lucharon con ideas y conceptos, refutaron y marcaron contrapuntos, pero dejaron en la conciencia del público la decisión de votar.

No hubo insultos, ofensas o descalificaciones. Nadie fue calificado de ateo, abortista o estatista. Nadie amenazó que si se no vota Sí volverán las oscuras golondrinas, el caos, la banca corrupta o la partidocracia.

El sencillo pero fecundo espacio que se vivió esa noche debiera multiplicarse en barrios, clubes, colegios, universidades, oficinas, familias, vecinos.

Más allá de lo que digan los apocalípticos o los utópicos, se trata de elegir nuestro futuro: por eso hay que informarse, leer las dos constituciones, compararlas, reflexionarlas colectivamente y decidir con responsabilidad.

A una sociedad informada, crítica y deliberante no pueden atemorizarla con la estrategia del miedo.

01
Ago

in memoriam de Heath, el Guasón

El 22 de enero de este año fue encontrado el cadáver solitario de Heath Ledger en su apartamento de Nueva York.

Pocas semanas antes había terminado la filmación de Batman, El caballero de la noche, donde él interpretó al famoso villano El Guasón.
Ledger tenía solo 28 años al momento de su muerte.

Tímido, con fuertes tendencias depresivas, la separación de su esposa, la también actriz Michelle Williams, con quien tenía una hija de dos años, Matilda Rose, le produjo graves trastornos emocionales.

Intentó suicidarse en septiembre pero alguien lo salvó. Esta vez se aseguró de que nadie se enterara de sus planes. Cuando hallaron su cadáver, a su lado se encontraba un frasco de calmantes vacío.

Curiosa paradoja la de Ledger: a partir de su magistral interpretación del guapo cowboy homosexual, enamorado de su amigo, en Secreto en la montaña (Brokback Mountain), rol que lo llevó a la nominación al Oscar en 2006, se convirtió en un símbolo sexual para las mujeres.

De hablar suave y aspecto intimidado, como un joven de pueblo, no era conquistador ni seductor: dicen quienes lo conocieron que su amor por Michelle y por su hija era lo que llenaba su vida sentimental. Y, en ese plano, no quería más.

Paradójicamente, también, su carrera iba en ascenso mientras sus conflictos minaban su fortaleza espiritual.

Así llegó a lo que sería su última película, donde realiza una actuación brillante y se convierte en el verdadero protagonista por sobre un Batman anodino (Christian Bale) y otros actores cuyo esfuerzo queda lejos de la notable y convincente caracterización de Heath Ledger como El Guasón.

Ledger se apropia de su papel con plena convicción. Un rol cuya trascendencia marca el ritmo de la historia, le da espesor y consistencia, y centra la acción a su alrededor.

Sobre la base de un guión novedoso, poco previsible, intenso, inteligente, Ledger hace un papel digno de seguirlo solo a él, incluso más allá del desarrollo de la propia película.

Hay que verlo en cada gesto, en cada frase que pronuncia, en su manera de caminar, en su forma de revolverse el cabello, en su brillante imaginación y cinismo para golpear la “institucionalidad” pacata y negligente de Ciudad Gótica.

Arrogante, sobrio, amante de la anarquía, adorador del caos, El Guasón de El caballero de la noche llega a superar al siempre original Jack Nicholson (El Guasón en el filme Batman de Tim Burton), maestro de la actuación y ganador de dos Oscar.

En una iniciativa típica de Hollywood, alguien ha propuesto que la Academia entregue el próximo febrero un Oscar post mórtem a Ledger.

¿Será para lavarse la conciencia del premio que le negaron con Secreto en la montaña porque para una sociedad conservadora y mojigata no era “políticamente correcto” promover el homosexualismo?

Ledger no necesita ese Oscar post mórtem. Nosotros, los cinéfilos comunes, lo premiamos acogiéndolo en nuestra memoria para siempre.

01
Ago

una historia de espionaje: canguil sesentaysiete

La historia jamás contada de Canguil sesentaysiete

El correísmo tuvo sus propios “infiltrados” en la Asamblea
Rubén Darío Buitrón

Es domingo 13 de julio. En varios puntos del país los políticos están en pleno movimiento.

En la Asamblea Constituyente, en Montecristi, marcan récords mundiales: aprueban 78 artículos en un solo día.
En Quito, el presidente Rafael Correa está feliz. La orden de entregar los textos finales hasta el día 25 se cumple a rajatabla.

Ricardo Patiño, miembro del “buró político” de Correa, vigila atentamente cada decisión, cada pronunciamiento de los asambleístas en el pleno.
Pero en los debates de las mesas constitucionales a puerta cerrada, a Patiño le resulta más difícil conocer lo que pasa.

Si en alguna mesa es posible conseguir permiso, asesores y funcionarios de Carondelet escuchan, toman apuntes, sugieren, llaman por teléfono.

Pero si en otra mesa sus integrantes se niegan a permitir el acceso, las cosas se complican: ¿cómo manejar los temas si los emisarios del Presidente no pueden incidir en el debate?

Los ministros están atentos a todo lo que ocurre en Ciudad Alfaro y a veces caen en la desesperación.

Su preocupación principal es que de las mesas salgan al pleno artículos y textos que no cuadren con la idea que el Presidente tiene respecto de lo que debe ser una constitución, que empate perfectamente con lo que él cree debe ser el modelo de Estado para el Ecuador del futuro. Por eso, ese domingo 13 es tenso y expectante.

Secretarios de Estado, asesores, funcionarios, asambleístas, todos se mantienen en vilo a la espera de que el libreto se ajuste a las decisiones del “buró” y del bloque PAIS.

En teoría no existía ninguna razón para que las cosas salieran mal, pues se contaba con la seguridad de una votación mayoritaria imposible de revertir.

Pero no era tan fácil. Las intrigas, las dudas, las sospechas entre unos y otros, los grupos internos, las largas discusiones entre acostistas y correístas, las huellas que dejó la renuncia obligada de Alberto Acosta para dar paso a Fernando Cordero empezaban a mover las bases de la confianza en el bloque.

¿Quién era de una línea y quién de otra? ¿Por qué aparecían en una mesa textos que no fueron aprobados en otra mesa, donde no hubo la mayoría correísta o acostista para aprobarlos según la línea de uno u otro grupo?

La presencia del “buró” no era suficiente. Había que contar con asambleístas de confianza total del correísmo.

Y ahí apareció Canguil sesentaysiete.

La arquitecta María de los Ángeles Duarte, ministra de Vivienda, envía un correo electrónico desde su dirección personal: mduarte@gye.satnet.net.

El email llega al destinatario Canguil sesentaysiete, quien desde su dirección personal (aunque tiene una oficial como asambleísta) recibe el mensaje:
“Estoy revisando los textos sobre hábitat, sabes tú a qué se refieren con CIUDADANÍA PLENA? ¿Hay algún texto en el que se defina ciudadanía? Si hubiese, ¿me lo podrías enviar?”.

Inmediatamente, Canguil sesentaysiete responde:

“María: Aquí todo el mundo dice que es una confusión, que han transcrito mal, etc. Yo no creo en eso, pero les doy el derecho a la duda. Igual hay que encender todas las alertas, porque justo en eso alguien redactó de otra forma”.

Canguil sesentaysiete era el nombre clave de Rolando Panchana, vicepresidente de la Mesa 5 (Recursos Naturales y Biodiversidad), donde su presidenta, Mónica Chuji, luchaba por contenidos más radicales.

Fue una de las mesas donde hubo mayores enfrentamientos. Aunque los dos pertenecían al bloque PAIS, Chuji lideraba un grupo y Panchana, otro.

Sus diferencias no eran personales, sino políticas: Chuji estaba en la línea de Acosta (ecologistas e indigenistas) y Panchana en la de Correa (pragmáticos). Lo que ocurría entre los dos se replicaba en todas las mesas y en el pleno. La confianza se había extinguido.

En un duro debate sobre el consentimiento previo, cuentan que Panchana dejó abierto el teléfono para que Correa escuchara. Pocos minutos después, Ricardo Patiño llamaba a los asambleístas a “ponerlos en orden”.

Panchana no admite que actitudes como esas se califiquen como desleales. Por el contrario, se califica como “un correísta a muerte” y uno de los pocos asambleístas de PAIS que siguieron a rajatabla las decisiones del buró y de Correa.

Quizá por eso era quien mocionaba los temas que le interesan al Gobierno. Quizá por eso se ha convertido en el “detractor oficial” de Alberto Acosta.

Confiesa que no es nada personal contra Acosta, pero lo califica de “caballo de Troya” de las posiciones radicales. Se siente orgulloso porque cumplió la misión de evitar que el acostismo se tomara la Asamblea e hiciera una constitución extremista.

La verdad es al revés de lo que muchos creen: “El malo es Acosta y el bueno, Correa”, dice mientras cierra su laptop y guarda la clave de acceso a Canguil sesentaysiete.

31
Jul

¿ciudadanos o vasallos?

Alberto Acosta ha empezado a hablar. A revelar hechos poco claros ocurridos en el último tramo donde la locomotora oficialista arrasó en el pleno de la Asamblea.

Que hable Alberto Acosta es bueno para el país porque los ecuatorianos que votaron por él observaron con respeto, pero con incertidumbre y desazón, su cautela, su silencio y su extraño sentido de lealtad ideológica.

Hay que recordar, mientras era presidente, cuánta serenidad y nobleza mantuvo frente a preguntas difíciles que le hacíamos los periodistas: “No van a lograr que me pelee con el presidente Correa”.

Al final fue al revés: cuando el Presidente sintió que sus planes electorales podían diluirse no tuvo ningún rubor en ignorar una presunta amistad “a toda prueba” y exigirle, por medio de sus áulicos, que “diera un paso al costado”.

Por eso, para muchos fue difícil entender por qué permaneció como asambleísta si cuando lo renunciaron él dijo que lo hacía porque estaba en contra de los procedimientos que se venían y porque no quería ser responsable de un desastre.

Digamos que se quedó por convicción, por defender lo que hasta entonces se había logrado, por no dar argumentos a los supuestos o reales enemigos del cambio.

Pero la Asamblea ya terminó y ahora su deber ético del es rendir cuentas a los electores que votaron masivamente por él.

Acosta fue parte de quienes fundaron el movimiento que llegó al poder. Fue ministro de Energía del gobierno de Correa. Fue líder del bloque oficialista. Fue parte del buró. Es obvio que sabe mucho y que tendrá mucho que decir.

El ex presidente tiene responsabilidad con quienes lo convirtieron en el asambleísta más votado de la historia y no con quienes desde su movimiento (irónicamente llamado “Acuerdo PAIS”) se alinearon detrás del omnipoder del círculo oscuro que terminó ejerciendo los plenos poderes y desapareció textos constitucionales que consideraba inconvenientes para el proyecto correísta, como han denunciado el mismo Acosta y otros ex miembros de la Asamblea.

Hay un Ecuador que, independientemente de su ideología, cree en Acosta como un hombre honesto que luchó dentro del bloque y del “buró” para que las decisiones que tomara la mayoría fuesen coherentes con quienes depositaron su voto por PAIS.

Ahora no se trata de debilitar la opción por el Sí. Se trata de liderar un movimiento que trabaje intensamente para promover un voto consciente, reflexivo, deliberante.

Junto a muchos que aún creen en un proyecto de cambio no personalista ni intolerante, Acosta tiene el deber de promover mecanismos que construyan una opinión pública madura, de ciudadanos y no de manadas o fanáticos enceguecidos por el discurso del caudillo.

“La masa que no reflexiona es vulnerable, peligrosa y manipulable -dice la filósofa española Adela Cortina-, porque en ella no hay ciudadanos sino vasallos”. “Cuando solo hay masa -añade-, fácilmente puede gobernarla el político más manipulador”.

¿Dejará Alberto Acosta, desde su ética, que eso suceda?

26
Jul

ecuador irá al referendo con los ojos cerrados

¿Cuánta conexión lograron los asambleístas de la mayoría gubernamental con el ciudadano común?

¿En qué momentos y temas el ciudadano se sintió representado en los debates, en la redacción y en la propuesta final de la nueva constitución?

¿Hasta qué punto esa conexión o esa desconexión asambleísta-ciudadano incidirá en la votación del referéndum aprobatorio de la nueva carta magna el próximo 28 de septiembre?

¿Ese día realmente los ecuatorianos acudiremos a las urnas a votar entre el pasado y el futuro, entre distintas maneras de entender cómo estructurar el Estado o entre “la larga noche neoliberal” y “el socialismo del siglo XXI”?

Son algunas de las grandes incógnitas que empiezan a pesar sobre las espaldas de millones de ciudadanos a quienes les invade la incertidumbre, la duda y el desconcierto frente a lo que vendrá.

Infortunadamente para ellos, y en consecuencia para el futuro del país, aquellas grandes incógnitas no se resolverán siquiera después de que se conozcan los resultados del próximo referéndum.

Hace pocos días una empresa encuestadora revelaba que el 99 por ciento de ecuatorianos en edad de votar no conoce los contenidos de los articulados en torno a los cuales deberá pronunciarse en el plebiscito.

En otras palabras: a dos meses de una decisión crucial que tendrá directa relación con el futuro de la república, los electores no conocen qué tipo de Estado se les propone, qué cambios fundamentales trae el nuevo proyecto constitucional en relación con el que está (¿estaba?) vigente, por qué escoger la opción 2008 o quedarse con la constitución de 1998.

Pase lo que pase en las próximas semanas con lo que la propaganda oficial, el discurso gubernamental, los medios de comunicación y organizaciones políticas, cívicas y sociales alcancen a difundir sobre los contenidos de la nueva carta magna, y fuera del efecto que esa pedagogía tenga en la población, es obvio que la gran mayoría de electores acudirá a las urnas a decir sí o no al presidente Rafael Correa.

En ese sentido, será clave para el Gobierno mantener altas las cifras de popularidad y credibilidad del primer mandatario (actualmente en un promedio de 67 por ciento tras la incautación de los bienes de los ex banqueros Isaías).

Gracias a esos niveles de potencial votación afirmativa y, además, a la incapacidad de la oposición de articular un discurso alternativo solvente y sólido, el régimen tiene enormes probabilidades de triunfar y la nueva constitución entrará en vigencia.

De a poco se irá conociendo el contenido de la carta magna según los temas que vayan tocando intereses, necesidades, demandas y cotidianidades de los ciudadanos.

Y lo más probable es que, recién a partir de ahí, muchos ecuatorianos lamenten no haber tenido oportunidad de conocer previamente lo que aprobaron ese domingo 28.

Solo entonces se empezará a medir el impacto de un voto con los ojos cerrados. Solo entonces será posible comprobar cuánta falta hizo durante el proceso constituyente la conexión real, la información, la pedagogía de los representantes de mayoría con el pueblo al que debían representar.

Manejada en forma atropellada y a control remoto desde Carondelet, la Asamblea del 2008 quedará en la historia con una enorme deuda de conexión con la sociedad. Pero cuando tengamos certeza de ello ya será muy tarde.

24
Jul

los grandes deudores del Sí y el No

Alberto Acosta queda debiendo muchas verdades: sus silencios pre y post “renuncia” a la presidencia de la Asamblea, su mal entendida “lealtad orgánica”, su incoherente permanencia en la curul avalando “los procedimientos atropellados y poco democráticos” que él mismo denunció previamente; su eufórica alegría al final del proceso, abrazado con su reemplazante, Fernando Cordero, frente a las cámaras de los medios a los cuales acusó reiteradamente de “farandulizar la política”.

Rafael Correa es otro gran deudor: imbuido de su megapoder, no resistió la tentación de dictar cambios, hacer correcciones, imponer artículos y estigmatizar a los militantes que no compartían sus disposiciones. El Presidente nos debe la incoherencia de quejarse de los “infiltrados” cuando él personalmente armó a la ligera las listas a base de encuestas y cálculos electoreros con caciques locales, ex modelos de televisión, figuras de la partidocracia a la que dice detestar y personajes de la farándula.

La oposición tampoco sale ilesa del proceso: no fue capaz de articular un discurso sobrio y propositivo que hiciera contrapeso democrático a las propuestas de Acuerdo PAIS y no logró que emergiera algún nuevo liderazgo. En una orilla más cerebral, Pablo Lucio Paredes y León Roldós pudieron salvarse de la crítica por su capacidad expositiva, pero también son deudores porque debieron abandonar sus actitudes de francotiradores y motivar la formación de amplias redes ciudadanas que aportaran a un mejor proyecto constitucional.

El Prian y los socialcristianos no tuvieron ideas: su rol fue tan pobre que apelaron a viejas prácticas (los escándalos, los ataúdes, los disfraces de viudad, los carteles, los gritos) para salir en los periódicos y que los invitaran a la radio y la televisión. El gutierrismo, en un alarde de absurdos, presentó un proyecto de constitución que ni siquiera sus asambleístas lo defendieron.

Jaime Nebot, el más potencial contrapeso de Correa, fue un desconcierto. De la pasividad pasó a liderar una multitudinaria marcha que dio luz al mandato de Guayaquil, pero el propio Nebot dejó que la propuesta se diluyera, no tuvo la entereza de ir a la Asamblea a exponer sus tesis y, como muchos empresarios y dirigentes indígenas, municipales, gremiales y sociales, se enclaustró a la espera de lo que ocurra.

Medios y periodistas caímos en el juego de dejarnos imponer la agenda de Correa. Escribimos millones de palabras llenas de supuestos, miedos y prejuicios. El compromiso social de la prensa con sus audiencias es hacer una amplia y urgente pedagogía sobre la nueva constitución y abrir espacios para la deliberación amplia y pluralista.

Cada actor tiene su deuda y debe pagarla. No hacerlo es una invitación a cerrar los ojos, ignorar la realidad y anticipar el Sí o el No sin saber a qué diremos sí o no resulta una dramática paradoja: la ceguera política es la madre de una sociedad inmadura e irresponsable.

22
Jul

la lista negra, hitler frente al espejo

Difícil olvidar aquella magistral interpretación del dictador Adolfo Hitler en La Caída, estrenada mundialmente hace cuatro años.
En abril de 1945, Adolfo Hitler, a punto de ser derrotado, estaba escondido en Berlín, en un sótano de concreto a 15 metros de profundidad.
Las batallas del frente oriental ya no ocurrían en los bosques de Rusia o en las fronteras de Polonia, sino en las calles de Berlín. El ejército soviético estaba a poquísimas cuadras de distancia de los búnkers del Führer.
Antes del estreno de esta película, la huella perversa y trágica de Hitler había sido recreada en cientos de películas hollywoodenses con el infaltable triunfalismo norteamericano.
Pero con La Caída fue la primera vez, en mucho tiempo, que el propio cine alemán se atrevió a darle rostro y voz al siniestro personaje.
Bruno Ganz, el protagonista, es un Hitler que en el filme habla alemán y pasa sus 12 últimos días acosado por la paranoia y el Parkinson.
La fuerza del lenguaje y el patetismo de las horas finales de un caudillo enredado en sus mentiras de invulnerabilidad le dan un realismo brutal a la película, sobre todo con una fuerza expresiva que conmueve al espectador.
La Caída es un hito de la cinematografía alemana contemporánea por eso, por atreverse a contar la historia desde sus propios referentes y enfrentar, con firmeza y dignidad, los fantasmas de su pasado.
Un año después apareció otra película con similar capacidad psicológica y social: La vida de los otros, filme alemán que obtuvo en el 2006 el Oscar a la Mejor cinta extranjera y que ha recibido 50 premios internacionales.
En La vida de los otros, dirigida por Florian Henckel, de nuevo es posible asistir, desde la interioridad histórica de sus víctimas, sus dolores, sus silencios, sus cómplices y sus héroes silenciosos y anónimos, a una soberbia y aleccionadora trama que muestra la crueldad, el cinismo, la irracionalidad y la omnipresencia de una represión selectiva y sofisticada que pretendía incidir sobre los detalles más trascendentes y rutinarios de la existencia de cada ciudadano.
El crítico español Javier Ocaña, del diario El País, dice que “La vida de los otros es tan entretenida como profunda. Después de la excelente película La Caída (2004), el cine alemán demuestra que sabe mirar a su historia reciente con honestidad, espíritu contradictorio, verosimilitud y capacidad de conmoción”.
Como un tríptico no planificado, pero enormemente significativo en el contexto de un mundo intelectual europeo que intenta incursionar en las raíces de una persistente y salvaje violencia belicista, aparece ahora La lista negra (Black book).
Esta vez no se trata de un director alemán sino de un cineasta holandés muy conocido en la filmografía comercial: Paul Verhoeven.
Con una carrera marcada por películas de alta taquilla y tan diversas como la sensual Bajos instintos, protagonizada por Sharon Stone, o la futurista e irónica Robocob, en La lista negra Verhoeven explora el tema de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de la resistencia, en una Holanda ocupada por los nazis a pocas semanas de que los soviéticos lleguen a Berlín.
El filme cuenta la historia de una cantante judío-holandesa (Carice van Houten), quien tras presenciar la masacre a su familia se une a la resistencia y usa su inteligencia y belleza para infiltrar a los invasores nazis.
Gracias a una minuciosa reconstrucción histórica, un guión impecable y un excepcional grupo de actores, Verhoeven logra con La lista negra un bocado de contundente excelencia.
Y algo más: en momentos políticos donde el megapoder arrasa con todo, La lista negra invita a reflexionar sobre la imposición de un pensamiento único e intolerante que desata lógicas de guerra mientras contempla su egolatría en los espejos.

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